Fue verlos sonriéndose con complicidad y olvidar todas las razones por las que era una pésima idea reclamarle a una mujer diez años menor que yo que saliera con mi hermano.
—¿A ti quién te dijo que podías salir de esta casa?
Mi dedo acusador apuntándole directamente y mi tono brusco encendieron la chispa que en cuestión de segundos se convertiría en un incendio.
—No sabía que tuviera que pedirte permiso. Con eso de que finges que no existo, no creí que fuera necesario —replicó llevándose las manos a las caderas—. Lo tendré en cuenta para la próxima —añadió con un tonito irónico que acabó con la poca paciencia que me quedaba.
—Escúchame, pero escúchame bien —dije acercándome un paso y luego otro—. Mientras vivas bajo mi techo, no saldrás sin mi permiso.
Me miró con la boca abierta antes de echarse a reír como si, en lugar de hacerle una advertencia, le hubiera contado un chiste.
—Fingiré que no acabas de decir lo que dijiste —dijo pasando de la diversión a la seriedad en un segundo.
—Lo dije y lo sostengo. No vas a poner un solo pie fuera de esta casa sin mi permiso.
—¿Qué te hace creer que voy a obedecer?
—Te salvé la vida; lo mínimo que puedes hacer después de todo lo que hice por ti es no darme problemas.
Un destello de dolor cruzó por su mirada, pero se recompuso tan rápido que ni tiempo tuve de arrepentirme por mi estúpida actitud.
—Descuida, no te daré más problemas. —Pasó por mi lado rumbo a las escaleras y justo antes de pisar el primer escalón me lanzó una mirada cargada de decepción.
—¿A dónde crees que vas? ¡A mí nadie me deja hablando solo!
—¡Y a mí nadie me grita! —replicó airada, quitándose la peluca y lanzándola a mis pies—. No eres nada mío como para que quieras venir a darme órdenes.
—¿Qué está pasando? —preguntó mi madre, cuyo sueño fue cortado abruptamente por nuestros gritos.
—Pasa que tu adorado hijo mayor —respondió Linda apuntándome con el dedo—, dice que no puedo salir de esta casa sin pedirle permiso. Parece que, además de mi salvador, ahora quiere actuar como si fuera mi padre. También dice que le doy problemas.
—No pongas en mi boca palabras que no dije.
—Ahora resulta que, además de corto de modales, también eres corto de memoria.
—Salió con tu hermano, no con un desconocido —señaló mamá y no tuve dudas de que iba a ponerse del lado de Linda.
—Tú. —Miré furioso a Ulrik—. No debiste sacarla de aquí. ¿Te paraste a pensar al menos un segundo en lo que podría pasar si alguien la reconoce y descubren que está viva antes de ese jødidø baile de máscaras?
Tuvo la decencia de bajar la mirada, no así Linda, que me lanzó una mirada desafiante antes de correr escaleras arriba sin mirar atrás ni una sola vez.
—¿Qué diablos te pasa? No puedes tratarla así —me reprochó Ulrik, con los puños apretados a los costados.
—¿Así cómo?
—¡Como si fuera de tu propiedad! —Su respuesta me cayó como un balde de agua helada.
—Yo… yo… yo no…
Aprovechándose de mi estado de estupefacción, Ulrik me tomó del brazo, me arrastró a la cocina sin que fuera capaz de oponer la más mínima resistencia y me obligó a aceptar que eran celos y no preocupación lo que sentí al saber que salieron juntos.
—Admite de una putą vez que te gusta y deja de comportarte como un cavernícola...
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