Dos días después, tuve que quedarme hasta tarde por una cirugía de emergencia. Eran las diez de la noche cuando por fin pude dirigirme al estacionamiento. Estaba cansada, solo pensaba en llegar a casa y dormir.
Nunca vi venir lo que pasó después. De repente, sentí que alguien me cubría la nariz y la boca con un pañuelo. Intenté gritar, forcejear, pero el olor dulzón comenzó a entrar en mi sistema y todo se volvió negro.
Cuando abrí los ojos, me encontraba en una habitación que no reconocía. Era espaciosa, lujosa, con una cama enorme en la que estaba recostada. Me levanté de golpe, el pánico se apoderó de mí. ¿Dónde estaba? ¿Qué había sucedido?
Y entonces lo vi. De pie junto a la ventana, observándome con esos ojos azules que había visto 4 semana atrás, estaba él. Alto, de cabello negro, piel blanca, un físico envidiable. Y esa mirada… seria, intensa, imposible de olvidar.
—¿Qué quiere de mí? —pregunté, poniéndome en alerta, lista para huir o pelear si era necesario.
—Doctora Moreau —dijo con una voz profunda, casi hipnótica—. Le envié veinte ramos de rosas, la invité a almorzar conmigo más de diez veces, le pedí que me llamara nueve veces. Pero no accedió a ninguna de mis solicitudes. No me quedó otra más que comprar el hospital para que no se fuera lejos de mí y tuve que traerla a la fuerza. Solo quería agradecerle personalmente.
Tragué saliva. Debería estar aterrorizada. Debería gritar, correr, pedir ayuda. Pero en lugar de eso, me encontré cautivada por sus ojos y su gruesa voz. ¿Qué me estaba pasando?
—No tenga miedo, por favor —continuó—. No le haré daño. Acepto que este método no fue el mejor, pero, ¿qué opciones me dio?
—Usted está loco —logré decir al fin—. Déjeme ir.
Él sonrió, y esa sonrisa lo hizo ver aún más irresistible.
—Déjeme presentarme formalmente —dijo, acercándose unos pasos—. Soy Dominik Lefevre, y quiero que acepte cenar conmigo. Luego, la llevarán a su casa.
Debería haber gritado. Debería haber exigido que me devolviera a mi apartamento en ese mismo instante, amenazado con llamar a la policía, con denunciarlo por secuestro. En cambio, me quedé sentada en el borde de esa cama enorme, con los brazos cruzados y la espalda recta, decidida a no ceder ni un centímetro.
—No voy a cenar con usted —declaré intentando mostrarme decidida—. Lléveme a mi casa ahora mismo.
—No.
Así, sin más. Ni una disculpa, ni una explicación. Solo esa negativa seca, dicha con la misma tranquilidad con la que alguien comenta el clima.
—Esto es secuestro, señor Lefevre. Puedo denunciarlo.
—Puede hacerlo —admitió, sin inmutarse, sin dar un paso atrás—. Después de la cena.
—No entiende lo que es no, ¿verdad?
—Entiendo perfectamente el no. —Se acercó despacio, sin prisa, como si tuviera todo el tiempo del mundo—. Simplemente no pienso aceptarlo. En mi vocabulario no existe esa palabra.
Me levanté de la cama, buscando la puerta con la mirada, calculando distancias, posibilidades. Él no se movió para detenerme, pero tampoco se apartó de mi camino.
—Puede intentar irse —dijo, con esa calma exasperante—. La puerta no está cerrada. Pero antes quiero que sepa algo: voy a seguir insistiendo. Mañana, pasado mañana, la semana que viene. No me voy a cansar, doctora Moreau. Se ahorraría tiempo si aceptara ahora.
—Es usted un demente.
—Me lo dicen seguido. —sonrió de nuevo y que, para mi propia frustración, hizo que algo en mi estomago comenzara a revolotear.
Me quedé ahí, de pie, midiendo mis opciones. Podía irme, sí. Pero algo en su insistencia, en esa certeza inquebrantable de que volvería a buscarme sin importar cuántas veces le dijera que no, me dijo que negarme esta noche solo pospondría lo inevitable. Y, para ser sincera conmigo misma, había una parte de mí, pequeña y vergonzosa, que quería quedarse.
—Una cena —cedí finalmente, señalándolo con un dedo—. Solo una.
—Una cena y no hago promesas que no pueda cumplir, como sabrá, ese hospital ahora me pertenece y todo lo que hay dentro —declaró provocándome un escalofrío.
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